En aquella oficina los días que pasaban como si nada solían ser los más llevaderos. Era 2010, la crisis galopaba incesante y nosotros conseguimos en un tiempo récord moderados beneficios (siempre poco para la dirección) y ajustar nuestros comportamientos, rutinas y movimientos a los requerimientos de operativas absurdas marcadas por bancos que, demostrando su mala fé innata, tenían como objetivo reducir al máximo los plazos de entrega para secuestrar cuanto antes el alma de sus clientes, para que no tuvieran el más mínimo margen de reacción ante la cantidad de dinero a pagar que se les avecinaba en comodísimos plazos para los siguientes 20 o 30 años. Y la gente se alegraba, dios mío. Estaban a punto de firmar una condena con otra gente cuya máxima empatía es con ellos mismos, y se alegraban. E intentaban engañarme para hacerme creer que su piso costaba mucho más de lo real para endeudarse más. De verdad me parecía increíble el poder seductor que puede llegar a tener el ver en tu cuenta cuatro o cinco ceros más, a sabiendas que lo devolverás con creces. De locos.
En esa época maduré una teoría sobre el alma, la falta de ella y la necesidad del desalmado de consumir otras que otro día contaré. Otra forma de trabajar (más fácil para nosotros) era el método de subasta, una especie de solución final para los deudores donde dejaban de ser personas en nuestro software para convertirse en un número de expediente, una referencia catastral y un valor de mercado corrompido por cientos de intereses. Y cuando la maquinaria se ponía en marcha era imparable. La operativa implicaba contacto cero con el deudor, que por un lado me vino bien, ya que probablemente me libró de situaciones más que comprometidas, por no decir acojonántemente peligrosas. De una forma cruel, torticera y cobarde, utilizaban sus medios y los nuestros para rapiñar las casas de aquella pobre gente. A veces, cuando paseaba en busca de cualquier piso a punto de ser deshauciado, me imaginaba a mi mismo siendo un detective de los 50 y que en realidad estaba buscando y fotografiando la guarida de alguna banda cubana dedicada al contrabando de tabaco en la época prerrevolucionaria. Con gabardina, sombrero y por supuesto gafas de sol. Otras veces al cruzar Cuenca para visitar hogares de los que ya no quedan, me imaginaba manejando un cadillac en mitad de la ruta 66. A la altura de Texcola, estado de Texas, tuve que parar un día para descansar. Muchas veces me encontré con gente de nuestra misma calaña y a veces hasta parecía interesarles mi cuento chino. Mentí tanto para seguir trabajando que por momentos me lo creí. De verdad recordaba cosas que no pasaron de mis años de facultad estudiando arquitectura. Recordé como me reencontré con ella a 200km de dónde nos conocimos. Y recordé confesarle que ella era el verdadero motivo de mudarme a aquella ciudad, ni el ansiado mar ni mi sueño de estudiar para crear hábitats. Pues nada de eso pasó. De hecho trabajábamos como bestias por poco más del salario mínimo para una gente que destruía y destruye (ya sin mi colaboración) la vida de cientos de personas al día por mera codicia. Y lo siento mucho.
Ya puedo decir que se saltaban las lágrimas cada vez que volvía de algún viaje imaginario. Cuando en casa y con el apoyo de los míos bebía y vomitaba todo lo que vivía e imaginaba quien era esa gente para borrarla enseguida de mi mente. Para no hacerme daño. Espero de verdad que todos estéis bien y sigáis jugando al baseball los domingos o que hayais podido sobornar a todos los guardacostas del Mar Caribe para vender vuestro tabaco de importación de La Habana a Nueva York, pasando como no por Miami.
Por mi parte, yo cambié de carrera y ahora vivo otro sueño que es muy distinto de aquel otro y que sigo perfilando cada día para encontrarme cuanto antes compartiendo el tiempo con lo mejor que he conocido, ya sea en interior, exterior o entreplanta. Y con vistas hacia las suyas, porque todo lo que ella mira se vuelve bonito, sobre todo si la refleja.
#eneluniversotodosigueigual
No hay comentarios:
Publicar un comentario