El tam tam de nuestros corazones reverberaba en aquella
habitación roja mientras ella y yo practicábamos una danza baconíaca que ni el
mas avezado bailarín del ballet nacional cubano podría superarnos, y no porque poseyéramos una técnica genial, sino porque era delicada, bella, apasionada,
escandalosa, pervertida, privada. Ya casi ni me acordaba de lo que era capaz
cuando mi sol bailaba con una luna.
Nací, y me encontré al lado de aquella bella húngara
caminando bajo el huidizo pero estático sol de Estocolmo. Hasta
entonces, nunca pensé que en aquella fría y nórdica ciudad europea encontraría
la paz necesaria que me dijera como ser para tocar el cielo. Únicamente fueron
siete los que ayudaron a convertir mi pasaporte manchego en uno escandinavo.
cont..
Canción inspiradora :
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